Mateo

Saludos, Mateo:

Pasaron cinco años ya desde el día en que nos dimos el primer beso. Era mi cumpleaños de dieciocho y estábamos en lo de Flor. Su hermano me había dado un trago de mezcal y yo me sentía hermosa e invencible. Vos habías cortado una relación de dos años hacía dos semanas.

Me estabas hablando de música, como solés hacer, pero yo estaba borracha y ya no encontraba razones para esconder que me gustabas un poco. En ese momento me resultaba urgente expresar todos mis sentimientos inmediatamente. Creía que era mi derecho.  Ahora tardo un poco más en decir las cosas. 

Esa noche hablamos bastante. En un momento, estábamos compartiendo un cigarrillo. Siempre estábamos compartiendo un cigarrillo. Y eso me hace pensar, ¿qué tan feo puede ser ese hábito, si lograba apartarte de cualquier reunión e invitarte a nuestro mundo, nosotros dos solos, juntos, cerca? 

Sigo siendo adicta, lo sabés. Pero en ese momento no importaba. Teníamos 18 años, todavía no existían las consecuencias. Vivíamos en una canción de Lorde, en una de esas del primer disco que hablan mucho de ser joven y andar en colectivos. 

Hace unos meses me recordaste cómo arrancó todo esa noche: yo te pasé la lengua por la nariz. Estábamos hablando, terminé el pucho, y te chupé la punta de la nariz y me fui. En ese momento te dije que me acordaba, pero ahora te puedo contar la verdad, y la verdad es que estaba re en pedo y no me acuerdo nada. De hecho, no suena como algo que haría yo. Pero como cuando me lo contaste me dijiste que te había gustado que lo haya hecho, te mentí. Todavía hago esas boludeces.

Más tarde nos dimos un beso. Y cuando terminamos, nos reímos mucho, primero porque estábamos borrachos y todo era gracioso, y segundo porque en menos de un minuto habíamos desconfigurado el vínculo que habíamos construido durante la secundaria. Nos dimos cuenta en el momento de todo lo que implicaba. Y lo único que nos salió fue reirnos.

Los dos meses que siguieron pasaron volando. Estábamos todo el tiempo juntos, cogíamos bastante. Me mostrabas música, estabas todo el tiempo mostrándome cosas. Pero lo que no hacías era prestarme atención.

Me llevó dos meses darme cuenta de eso. Yo te había visto amar a otra chica de cerca, estaba segura de que tenías la capacidad de hacerlo. ¿Qué estaba pasando? ¿en dónde cambian Mateos? Porque el mío no anda.

Al principio fue frustrante. Creí que era reversible. Ya habías cortado hacía como un mes, ya está campeón, superala. Amame a mí, que estoy acá. Esa estrategia no me funcionó, desistí rápidamente. Mi nuevo enfoque fue el de parecerme más a tu ex novia, porque si a ella la amabas, x es igual a y, logaritmos, fórmula resolvente, matemática.

Parecerme a tu ex novia implicaba ser más cool, más despreocupada y más flaca. No funcionó. A pesar de mis intentos de llamar tu atención, de a ratos tu mirada perdida me hacía entender que yo no tenía nada que ver con esa historia, que más que tu co-star en el dramón romántico yo cumplía el rol de Taxista Cuatro.

Nos reíamos mucho juntos. A veces me consolabas, cuando la tristeza me desbordaba y me volvía disfuncional (todavía me pasa, de vez en cuando). Pero a pesar de eso, la mayoría del tiempo me tratabas con la formalidad del final de un mail. Yo te decía “creo que te amo”. Vos me decías “Saludos, Mateo”.

Más allá de eso, nunca en tu vida te comportaste mal conmigo. Siempre me respetaste y me trataste como un par. No suele pasar eso con los varones de dieciocho años.

Pero vos no eras un varón de dieciocho años. Vos andabas con el semblante de alguien que ya vivió esta vida un par de veces y que ya sabe cómo termina. Le escapabas a lo trivial, buscabas algo más grande. Y todo esto te hacía una persona sabia, generosa y profundamente triste.

Estabas tan triste, Mate. Todo el tiempo. No había nada que te alegrara, aparte de la música. Y eso a mí solo me daba ganas de intentar más fuerte lograr hacerte feliz. O por lo menos de hacerte reír. Si hacía un chiste y no te reías, pensaba “público difícil, probamos con otro material”. Necesitaba que alguien me dijera “no, sociópata, está deprimido”. En su lugar, me decían “ay, amiga, seguro te quiere”.

Dos meses después de mi cumpleaños de dieciocho me fui con Flor a Salta. No sé cómo nos animamos, ni por qué mi mamá me dejó ir. Pero estuvimos diez días en el cerro tomando cerveza negra y comiendo fideos coditos con queso. Y en ese viaje, le confesé a Flor y me confesé a mí: no quiero esto para mi vida. No quiero estar atrás de este chico para siempre, no quiero seguir sintiéndome tan insuficiente. Flor me dijo que estaba bien. Yo sentía que me estaba rindiendo, que estaba perdiendo. Se terminó el juego y no logré ser más cool, ni más despreocupada, y ciertamente después de tantos coditos con queso, tampoco más flaca. Y ahora entiendo que eso estaba bien. Yo estaba bien.

Y volví de las vacaciones sintiéndome una adulta, decidida a priorizarme a mí misma. Tenía el menú de la charla preparada: iba a hablar de cuánto me gustabas en la entrada; después, para el plato principal, iba a decir que para mí no era la mejor decisión empezar a salir con alguien dos semanas después de cortar un noviazgo tan intenso. De postre, te iba a decir que te quería mucho (cosa que te decía seguido) pero que prefería pasar a ser amigos otra vez. 

Lo practiqué en el micro en Salta. Lo practiqué en el micro yendo a Tilcara. Lo practiqué frente a mi espejo de San Miguel. Era sencillo: me gustás, pero tu ex, pero te quiero, pero chau. 

Y llegué a tu casa, lista para empezar a cocinar la ruptura. Pero vos me pediste hablar antes. En mis planes, vos no decías nada antes. Solo hablaba yo. Porque así como vos no me estabas viendo, yo tampoco te estaba viendo a vos. Me dijiste que querías que nos juntemos menos, que no estabas listo para algo tan serio, que la pasabas bien conmigo pero querías que fuera solamente algo casual.

Plot twist si los hay. No te deleité con mis palabras ensayadas, lo único que me salió fue llorar. Porque esa noche me di cuenta de que en realidad no quería irme. Quería seguir intentándolo porque esta no era la historia de dos adolescentes cualquiera que se desencuentran. Esta era nuestra historia. Y no podía terminar así. 

Antes me ponía triste cuando me acordaba de esa noche. Ahora es la anécdota que contamos cuando estamos en un bar y alguien que no nos conoce tanto pregunta cómo arrancó nuestra historia. 

Plot twist si los hay, ¿no?

Te amo, lo sabés.

Saludos,

Sofía.

Bio

Sofía Gatica (San Miguel, 2000), es guionista y comediante.

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